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Góndolas de supermercado con precios de alimentos, en medio del debate por la inflación
Nacionales · 5 min

El fin de la inflación política: subsidios, precios reales y el nuevo equilibrio que se proyecta para 2026

Por Redacción Pampa Liberal

Durante años los precios de energía, transporte y servicios públicos se mantuvieron artificialmente atrasados con subsidios financiados con déficit, deuda o emisión.

Durante años, la inflación en Argentina fue menos un fenómeno económico que una construcción política. No porque no existiera, sino porque se la manipulaba, se la escondía y se la difería. Se la reprimía con subsidios, controles, congelamientos y parches fiscales que no resolvían el problema, solo lo pateaban hacia adelante. El resultado fue una economía que parecía estable en los números oficiales, pero profundamente desequilibrada en la realidad.

El 2025 marcó un quiebre. No porque la inflación haya desaparecido de un día para el otro, sino porque dejó de ser política y empezó a ser económica. Y esa diferencia lo cambia todo.

El punto central que muchos análisis todavía omiten es que una parte muy significativa de la inflación de los últimos años no respondía a emisión descontrolada en tiempo real, sino a precios artificialmente atrasados. Energía, transporte, agua, combustibles, servicios públicos: durante años esos precios no reflejaron costos reales. El Estado absorbía la diferencia con subsidios financiados con déficit, emisión o deuda. Eso no eliminaba la inflación: la escondía.

Cuando en 2024 y especialmente en 2025 se liberaron esos precios, la inflación “saltó”. Pero ese salto no fue un desborde nuevo: fue la liberación de inflación acumulada. Fue el sinceramiento de costos que el sistema venía negando.

Por eso 2025 fue, paradójicamente, un buen año inflacionario desde el punto de vista estructural. Porque gran parte del índice reflejó correcciones de precios relativos y no un proceso inflacionario persistente. Se pagó el costo político y social de mostrar los precios reales, y con eso se eliminó una de las principales bombas de inflación futura.

Ese sinceramiento tiene una consecuencia directa: una vez que los precios dejan de estar reprimidos, dejan también de ser un factor inflacionario constante. No se puede liberar dos veces una tarifa. No se puede corregir dos veces el mismo atraso. El impacto ocurre una vez, y luego se agota.

A eso se suma un cambio mucho más profundo: la política fiscal dejó de ser expansiva por defecto. El déficit crónico, que durante años fue el combustible principal de la inflación argentina, dejó de ser tolerado como herramienta política. La eliminación del déficit primario no es un slogan técnico: es el ancla más poderosa contra la inflación. Sin déficit, no hay necesidad estructural de emitir. Y sin emisión sistemática, la inflación pierde su motor central.

Otro elemento clave es el cambio en el régimen monetario. La política monetaria dejó de estar subordinada a las urgencias del Tesoro. El Banco Central dejó de ser una caja pagadora encubierta y empezó, lentamente, a recuperar credibilidad. No porque haya magia, sino porque hay reglas más claras, menos discrecionalidad y un compromiso explícito con la estabilidad.

Las expectativas también juegan un rol central. En economías como la argentina, la inflación no es solo un fenómeno de costos, sino de conducta. Cuando todos esperan inflación, todos ajustan precios por anticipado. Cuando el Estado deja de alimentar esa expectativa —con déficit, emisión y controles arbitrarios— el comportamiento cambia. No de inmediato, pero sí de forma acumulativa.

La desaceleración inflacionaria no se explica por un solo factor, sino por la convergencia de varios: precios relativos ya corregidos, tarifas en niveles reales, menor emisión, disciplina fiscal y expectativas más alineadas. Eso crea un nuevo equilibrio que antes no existía.

De cara a 2026, ese equilibrio empieza a mostrar números concretos. La proyección de una inflación por debajo del 15% no es optimismo ideológico. Surge de observar qué variables ya no empujan precios como antes. Las tarifas ya no están atrasadas. El tipo de cambio dejó de ser un ancla artificial. Los subsidios ya no crecen de forma explosiva. El gasto público está más contenido. Y el financiamiento monetario del déficit, en los hechos, se redujo de manera drástica.

Además, la apertura comercial y la mayor competencia empiezan a operar como freno natural a los aumentos. En un contexto donde importar no es una odisea y donde los precios no están blindados por regulaciones absurdas, remarcar se vuelve más difícil. El mercado empieza a disciplinar donde antes reinaba la discrecionalidad.

Nada de esto significa que la inflación vaya a desaparecer ni que 2026 sea un año sin tensiones. Argentina sigue teniendo una economía frágil, con bajo nivel de crédito, salarios retrasados y una estructura productiva que necesita tiempo para recomponerse. Pero una cosa es una inflación estructuralmente alta y otra muy distinta es una inflación en descenso, sin motores artificiales que la empujen.

Lo verdaderamente importante es entender que la baja de la inflación no será un regalo, sino la consecuencia lógica de haber dejado de mentir con los precios. Se pagó el costo político de decir la verdad en 2025 para evitar pagar un costo mucho mayor en el futuro.

Por eso, cuando se proyecta una inflación baja para 2026, no se está hablando de magia, ni de control, ni de relato. Se está hablando de un cambio de régimen. De una economía donde los precios dicen la verdad, el Estado gasta lo que tiene y la inflación deja de ser una herramienta política.

La inflación no bajó porque alguien la combatió con discursos. Bajó porque se terminó la ficción. Y cuando se termina la inflación política, lo que queda es un problema económico mucho más manejable.

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