Agenda del siglo pasado: Di Nápoli recibió en la Municipalidad a la cúpula de la CGT
El intendente de Santa Rosa, Luciano di Nápoli, recibió a la conducción nacional de la CGT, encabezada por su secretario general, Cristian Jerónimo. Del encuentro no se informó ninguna medida, ningún plazo ni ninguna partida: solo la coincidencia en avanzar hacia una agenda conjunta sobre producción, PyMEs y empleo. Es la escena corporativa de hace cien años, mientras la discusión que le cambia la vida a quien produce en la ciudad pasa por impuestos y trabas.
El intendente de Santa Rosa, Luciano di Nápoli, recibió en la Municipalidad a integrantes de la conducción nacional de la Confederación General del Trabajo, encabezados por su secretario general, Cristian Jerónimo. El tema, según contó el propio intendente, fue la producción, las PyMEs y el empleo. Si tenés un comercio, un taller o una pequeña industria en la ciudad, de tu actividad se habló.
Del encuentro participaron también Nahuel Chancel, Cristian Vander, Maia Volcovinsky, Marcelo Cassia, Dardo Lucero y Jorge Rodríguez —la información publicada por El Diario de la Pampa no precisa qué cargo ocupa cada uno— y, por el municipio, la viceintendenta Romina Montes de Oca.
Lo que se sabe del contenido no sale de un acta ni de un comunicado conjunto. Sale de lo que Di Nápoli publicó en sus redes sociales. Ahí dijo que coincidieron en “la necesidad de consolidar una agenda conjunta vinculada con la producción, las pequeñas y medianas empresas y el empleo”.
Esa es toda la cosecha informada: una coincidencia.
El esquema es viejo y reconocible. El poder político de un lado, la cúpula sindical del otro, los dos sentados a definir la agenda del trabajo y de la producción de terceros. Para nosotros es el reflejo corporativo que marcó buena parte del siglo veinte argentino y que sigue en pie: cambian los nombres en las sillas y la escena se repite.
En esa mesa falta alguien. El que pone el capital, firma los contratos, paga los sueldos y carga con los aportes. En una reunión sobre PyMEs, esa ausencia define quién tiene voz.
Di Nápoli también sostuvo que “la situación económica nacional impacta sobre el comercio, la industria y los ingresos de las familias” y que “frente a ese escenario es necesario profundizar la articulación con los trabajadores”. Hizo suyo ese diagnóstico y lo planteó al lado de la central obrera. Eligió con quién sentarse para hablar de empleo, y esa elección es política.
Conviene marcar los límites de lo que se puede afirmar. El Diario de la Pampa registra la reunión y la publicación del intendente, nada más. No hay declaraciones públicas de Jerónimo ni del resto de los dirigentes de la CGT. No se informaron acuerdos, pedidos sindicales, compromisos de fondos municipales ni reclamos a Nación. Atribuirle posiciones a la central obrera a partir de una foto sería inventar.
Lo que no se comunicó también cuenta. De la reunión no salió a conocimiento público un programa, un plazo, una partida ni una ordenanza. Salió una intención de agenda.
El empleo privado no mejora por coincidencias entre funcionarios y dirigentes gremiales. Mejora cuando el que arriesga puede contratar sin que cada incorporación sea una apuesta a futuro, cuando la carga impositiva deja margen para invertir y cuando el trámite municipal se resuelve rápido.
Ahí el intendente tiene competencias propias: tasas, habilitaciones, inspecciones, plazos. Nada de eso depende de la Casa Rosada ni de la CGT. Depende del Palacio Municipal.
El vínculo del municipio con los privados ya tuvo capítulos ásperos. Pampa Liberal contó la acusación del grupo Clarín contra la gestión de Santa Rosa por abuso de autoridad en el servicio de internet, que terminó en la Justicia. Es una denuncia en trámite, no una condena, pero dice algo del estilo de gestión.
Hay preguntas que la propia Municipalidad puede responder sin costo: qué acciones concretas contiene esa agenda conjunta, en qué plazos, con qué recursos municipales y si habrá una instancia equivalente con las cámaras empresarias y los comerciantes de la ciudad.
Una reunión no es una política. Y una agenda del trabajo escrita entre el poder político y la cúpula sindical, sin el que produce, es la misma receta corporativa que la Argentina arrastra desde hace un siglo.
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