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Proyección de la caída de matrícula escolar en la educación primaria y secundaria
Nacionales · 6 min

Universidad militante, primaria quebrada: el fracaso que nadie quiere mirar

Por Redacción Pampa Liberal

La convocatoria universitaria del 12 de mayo reclama financiamiento, mientras la crisis de la primaria y la secundaria arrastra años sin la misma atención pública.

Mientras sectores universitarios, docentes y estudiantiles vuelven a marchar este 12 de mayo en defensa de la universidad pública, la Argentina evita mirar el verdadero cadáver educativo: la primaria y la secundaria ya estaban rotas mucho antes de que apareciera Javier Milei en la Casa Rosada. La convocatoria universitaria tiene acto central en Plaza de Mayo y reclamos por financiamiento, salarios y aplicación de la Ley de Financiamiento Universitario.

Y está bien discutir presupuesto.

Lo que no está bien es fingir que la educación pública recién entra en crisis cuando se toca la caja universitaria.

Porque si el problema fuera realmente “la educación”, la marcha tendría que haber empezado hace años. Tendrían que haber llenado plazas cuando los chicos de primaria empezaron a pasar de grado sin aprender. Tendrían que haber cortado calles cuando miles de alumnos llegaron a la secundaria sin comprender textos básicos. Tendrían que haber hecho cadenas nacionales de indignación cuando la matemática elemental se convirtió en un lujo.

Pero no.

Ahí no hubo épica.

Ahí no hubo grandes artistas convocando.

Ahí no hubo rectores llorando frente a cámara.

Ahí no hubo sindicatos disfrazados de guardianes de la patria.

Ahí no hubo “abrazo simbólico”.

Ahí hubo silencio.

Y el silencio también es una posición política.

La Argentina tiene una casta educativa que descubrió la palabra “derecho” justo cuando el debate toca los presupuestos, los cargos, los convenios, los rectorados, los gremios, las estructuras, los fondos y las cajas. Pero cuando el fracaso estaba abajo, en el aula de primaria, con chicos pobres que no sabían leer bien ni resolver una cuenta simple, miraron para otro lado.

No porque no lo supieran.

Porque no les servía.

La primaria no mueve caja política.

La primaria no tiene federaciones universitarias televisivas.

La primaria no produce militantes con megáfono.

La primaria no organiza actos con estética heroica.

La primaria no le da al progresismo una postal romántica.

La primaria tiene chicos. Y los chicos no aprietan. No negocian paritarias. No administran presupuesto. No reparten cargos. No bajan línea en facultades. No ocupan rectorados. No son útiles para el show.

Por eso los abandonaron.

Y ahora vienen a hablar de educación pública como si fueran próceres.

Los datos son una cachetada. En la evaluación Aprender 2023, apenas el 51,6% de los alumnos de sexto grado alcanzó o superó el nivel satisfactorio en Matemática. Es decir: casi la mitad de los chicos que terminan la primaria no llega al nivel esperado en una materia básica para la vida cotidiana.

CIPPEC lo resumió todavía más crudo: en primaria, 5 de cada 10 estudiantes de sexto grado no alcanzan niveles satisfactorios en matemática; y en el último año de la secundaria, según Aprender 2024, la proporción asciende a 9 de cada 10.

Nueve de cada diez.

Eso no es un problema de “financiamiento universitario”.

Eso es una demolición cultural.

Eso es un sistema que durante años le dijo a los padres que sus hijos estaban avanzando, mientras los hacía pasar de año sin darles herramientas reales. Les entregaron boletines, certificados, actos escolares, discursos inclusivos y frases lindas. Pero les negaron lo único que podía cambiarles la vida: aprendizaje.

El caso de la regla de tres es perfecto porque desnuda toda la mentira. Según el análisis de Argentinos por la Educación sobre PISA 2022, solo 1 de cada 4 estudiantes argentinos de 15 años pudo resolver un ejercicio de regla de tres simple; a nivel general, 7 de cada 10 no alcanzaron el nivel esperado en Matemática.

Regla de tres.

No estamos hablando de programar satélites.

No estamos hablando de ingeniería nuclear.

Estamos hablando de calcular una proporción. De entender un descuento. De comparar precios. De saber si te están estafando con una cuota. De manejar una receta. De comprender un interés. De defenderte en la vida.

A un chico que no puede hacer eso, el sistema no lo “incluyó”.

Lo estafó.

Y acá está la parte que más les duele: durante años vendieron inclusión educativa cuando en realidad administraban una fábrica de analfabetismo funcional.

La inclusión sin aprendizaje es marketing político.

La permanencia sin exigencia es abandono maquillado.

El egreso sin conocimiento es una mentira burocrática.

Pero claro, la mentira burocrática tiene una ventaja: genera estadísticas. Permite decir que más chicos están dentro del sistema. Permite mostrar números. Permite imprimir informes. Permite justificar estructuras. Permite sostener ministerios, programas, direcciones, secretarías, observatorios, capacitaciones, consultorías y toda esa maquinaria que siempre vive de diagnosticar problemas que jamás resuelve.

Después, cuando alguien toca la universidad, aparecen todos.

Ahí sí hay patria.

Ahí sí hay derechos.

Ahí sí hay emergencia.

Ahí sí hay sensibilidad.

Ahí sí hay micrófono.

Ahí sí hay “defensa de la educación pública”.

No son defensores de la educación. Son defensores selectivos del tramo del sistema donde todavía hay poder organizado.

La universidad pública puede ser valiosa. Nadie serio plantea que un país deba renunciar a formar médicos, ingenieros, docentes, investigadores o profesionales. Esa no es la discusión.

La discusión es otra: ¿cómo puede ser que el país tenga tanta sensibilidad por el techo del sistema educativo y tan poca vergüenza por los cimientos podridos?

Porque la universidad es el final del recorrido. Antes hay un chico que tiene que aprender a leer. A escribir. A razonar. A resolver problemas. A sostener una rutina. A comprender un texto. A hacer una cuenta. A pensar.

Si ese chico fracasa a los 8, a los 10, a los 12 o a los 15 años, la universidad ya llega tarde.

Pero la política educativa argentina hizo exactamente eso: abandonó la base y después convirtió la cúspide en bandera moral.

Por eso la marcha universitaria tiene algo profundamente incómodo. No porque reclamar esté mal. No porque los salarios no importen. No porque la universidad no merezca debate. Sino porque muchos de los que hoy se presentan como guardianes de la educación pública formaron parte, callaron o justificaron el sistema que destruyó los aprendizajes básicos.

Ahora gritan.

Antes administraban.

Ahora marchan.

Antes miraban para otro lado.

Ahora hablan de futuro.

Antes dejaron que millones de chicos llegaran al secundario sin herramientas mínimas.

Y cuando un país permite eso, no está defendiendo la educación pública. Está defendiendo una ficción.

Una ficción cara.

Una ficción militante.

Una ficción con presupuesto.

Una ficción que siempre encuentra culpables afuera, pero nunca se hace cargo de sus propios resultados.

La primaria quebrada no tiene voceros famosos. No tiene columnas organizadas. No tiene federación universitaria. No tiene aparato. No tiene rectores. No tiene comunicadores indignados. No tiene épica de facultad tomada.

Tiene chicos.

Chicos que fueron usados como bandera, pero no como prioridad.

Por eso este debate hay que darlo sin pedir permiso.

Porque la educación pública no se defiende con marchas financiadas por el aparato. Se defiende logrando que un chico aprenda. Se defiende midiendo resultados. Se defiende dejando de premiar al sistema por existir y empezando a exigirle por enseñar.

Lo demás es circo.

Y como todo circo argentino, también tiene caja.

La universidad militante puede llenar plazas.

Pero la primaria quebrada muestra la verdad que nadie quiere mirar: el fracaso educativo argentino no empezó con el ajuste.

Empezó cuando la política decidió que era más importante sostener estructuras que enseñarles algo a los chicos.

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