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Dirigente político pampeano vinculado al escándalo de la planta industrial Montenegro
La Pampa · 4 min

¿Quién es Abelardo Ferrán? La planta que nunca existió: el escándalo Montenegro

Por Redacción Pampa Liberal

Abelardo Ferrán no es un recién llegado a la política pampeana. Al contrario: es un nombre conocido, parte del inventario clásico del peronismo provincial. Veterinario de formación, profesor universitario por conveniencia y burócrata político por vocación, lleva más de tres décadas orbitando cargos públicos. Su carrera se ha sostenido menos por méritos y más por lealtades partidarias. Hoy, en pleno 2025, vuelve a encabezar la lista de diputados nacionales del Frente Defendemos La Pampa, como si fuera una novedad.

La pregunta es inevitable: ¿defenderla de qué? ¿De quienes buscan modernizarla, liberarla, sacarla del estancamiento?

Ferrán simboliza la continuidad de un modelo que ya no da más: un Estado sobredimensionado, una red de proyectos que jamás se sostuvieron sin subsidios eternos, y una cultura política que premia la obediencia antes que la capacidad. Lo curioso no es que regrese. Lo verdaderamente alarmante es que vuelva como si todavía tuviera algo nuevo para ofrecer.

La política pampeana lo conoce bien. Fue ministro de la Producción, impulsor de planes industriales inconclusos, defensor de las retenciones agrarias, gestor de frigoríficos deficitarios y protagonista de internas que siempre terminaban con la misma maniobra: acomodarse o renunciar si no le daban un lugar en la lista. Ferrán es la política que nunca se fue, esa que se recicla y se vende como “gestión” cuando en realidad es pura gesticulación.

Y quizás su mayor emblema del fracaso sea el famoso caso Montenegro, la “planta fantasma” que nunca existió.


La planta que nunca existió: el escándalo Montenegro

En 2012, Ferrán como ministro de la Producción fue la cara visible de un proyecto que se presentó como revolucionario: la instalación de una planta de maquinarias agrícolas en Santa Rosa, impulsada por la empresa Montenegro. El plan parecía perfecto. Se anunciaron 100 empleos directos, exportaciones a Venezuela, Europa y África, y la posibilidad de posicionar a La Pampa como polo fabril.

El gobierno provincial salió como garante: se entregó a la firma un crédito de 40 millones de pesos, una cifra multimillonaria para la época, financiada con fondos públicos. La promesa era desarrollo, empleo y diversificación productiva.

La realidad fue otra.

Para 2015, el terreno seguía vacío. La maquinaria nunca llegó, los puestos de trabajo jamás se crearon, y el predio terminó siendo un lote abandonado con carteles oxidados. La Fiscalía de Investigaciones Administrativas tuvo que intervenir y pedir los expedientes por posibles irregularidades en la entrega y el control del crédito.

Ferrán, que había sido el principal promotor del acuerdo, eligió el silencio. En su carta de renuncia de ese mismo año deslizó un vago “bloqueo administrativo” como excusa. Pero los hechos fueron claros: se entregaron millones sin garantías, sin control y sin resultados. Nadie se hizo responsable.

En 2019, el terreno fue rematado. La planta Montenegro quedó en la historia como uno de los mayores fracasos productivos financiados por el Estado provincial. Ferrán, lejos de dar explicaciones, se limitó a desaparecer del radar político hasta que volvió a encontrar un nuevo casillero en las listas.

Hoy, con absoluta liviandad, vuelve a hablar de industria, de producción y de futuro.

El regreso de Ferrán no representa renovación. Representa lo peor del pasado: la cultura del acomodo, el despilfarro y la falta de responsabilidad política. En una provincia que reclama eficiencia, libertad y futuro, volver a entregarle poder a quien encarna los fracasos más resonantes de la gestión peronista sería condenarnos a repetir la historia.

La planta que nunca existió debe quedar grabada en la memoria colectiva de los pampeanos. Porque cada peso perdido allí salió del bolsillo de los ciudadanos, y cada promesa incumplida fue un obstáculo más para el progreso real.

El desafío es claro: no volver a caer en el espejismo de quienes, tras décadas de fracasos, todavía se presentan como solución. El liberalismo tiene hoy la oportunidad de ofrecer lo que Ferrán y su modelo nunca pudieron: futuro, libertad y desarrollo verdadero.

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