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Debate político por la gestión del yacimiento El Medanito en La Pampa
La Pampa · 7 min

Javier Torroba es parte del problema

Por Redacción Pampa Liberal

El dirigente radical cuestiona a Pampetrol por la operación de El Medanito, aunque su historial en la gestión del yacimiento lo expone como parte del mismo problema que denuncia.

No hace falta mirar demasiado para encontrar una de las razones por las que la oposición pampeana sigue sin convertirse en una alternativa seria de poder. A veces el problema no es solo el PJ. A veces el problema también es esa oposición que se vende como responsable, dialoguista y democrática, pero que termina funcionando como freno, como coadministradora del deterioro o como socia táctica de los errores que después finge denunciar. Javier Torroba encaja bastante bien en esa descripción. Y el caso Medanito lo expone con nitidez.

Torroba hoy aparece advirtiendo que la UCR no cede en la necesidad de una nueva licitación para El Medanito y alertando que, si Pampetrol se queda con la operación transitoria, el yacimiento puede deteriorarse aún más. Su argumento actual es que Pampetrol “no califica” para operar adecuadamente un área de esa magnitud, que no tiene espalda técnica ni financiera, y que una transición mal resuelta puede dejar a La Pampa dentro de dos años en una situación todavía peor. Esa crítica, tomada aisladamente, puede sonar razonable. El problema es que llega tarde y con las manos demasiado sucias como para venderse como advertencia desinteresada.

¿Por qué? Porque Torroba fue parte del acuerdo político que habilitó la licitación que terminó fracasando. No fue un espectador externo del desastre. Fue uno de los radicales que quebró a su propio bloque y votó junto al oficialismo la ley que dio luz verde al proceso licitatorio. El Diario de La Pampa fue explícito: la aprobación salió con 23 votos, incluidos los de los radicales Javier Torroba, Andrea Valderrama, Romina Mota y Julián Aguilar, en una sesión atravesada por la fractura interna de la UCR. Y después Torroba no se escondió: defendió públicamente ese acuerdo y explicó que lo acompañaron porque el oficialismo aceptó tres condiciones clave, entre ellas el data room externo, el informe ambiental y la coparticipación del 30% del bono.

Ese dato cambia toda la lectura. Porque ya no estamos frente a un dirigente que anticipó el problema y fue ignorado. Estamos frente a un dirigente que ayudó a construir el camino que terminó en licitación desierta, incertidumbre operativa y regreso de Pampetrol como plan de emergencia. La secuencia es difícil de maquillar: primero acompañó el esquema “institucional” que el oficialismo vendió como serio y transparente; después, cuando ese esquema fracasó, pasó a señalar que Pampetrol no está en condiciones. La contradicción no es menor. Si el radicalismo de Torroba acompañó una salida que terminó chocando contra la realidad, no puede ahora actuar como si observara el naufragio desde la costa. Estaba arriba del barco.

El problema de fondo es más profundo que una votación. Torroba representa una fracción del radicalismo pampeano que se reivindica “frentista”, “democrática” y cuidadosa de las formas, pero que en los hechos parece más cómoda administrando equilibrios que liderando rupturas. En noviembre de 2025 dijo en Radio Kermés: “soy frentista por convicción, no por conveniencia”, y planteó que la UCR debía construir un frente opositor amplio para 2027, precedido por trabajo político y técnico, no por una simple suma electoral. En paralelo, también advirtió que no se podía armar “un frente improvisado”, marcando distancia de un rejunte que incluyera de manera automática a La Libertad Avanza y Comunidad Organizada.

A primera vista, eso podría sonar sensato. Pero hay que traducirlo políticamente. Cuando Torroba habla de “fuerzas democráticas” y de frente amplio, no está pensando en una convergencia con el liberalismo pampeano para romper en serio el régimen político provincial. Está pensando en otra cosa: en una reedición prolija del viejo oposicionismo radical, con filtro moral, con moderación de manual y con capacidad de contener a sectores que jamás aceptarían una agenda de transformación más agresiva sobre el Estado, las empresas públicas, el gasto político o el sindicalismo enquistado. En otras palabras: no está pensando en patear el tablero pampeano. Está pensando en reordenar una parte del tablero sin romper sus reglas básicas.

Y ahí es donde para el espacio libertario pampeano aparece la advertencia estratégica. Esa fracción del radicalismo no debería ser opción de alianza. No porque todo acuerdo táctico con un radical sea imposible en abstracto, sino porque el torrobismo expresa exactamente el tipo de cultura política que termina neutralizando a cualquier fuerza que intente entrar a la provincia con voluntad real de confrontar el sistema. Su lógica es previsible: exigir prudencia, reclamar consenso, desacelerar el conflicto, proteger cierta respetabilidad institucional y, al final del día, terminar acordando más de lo que rompe. El resultado es siempre parecido: el PJ sigue gobernando, la UCR conserva su identidad de oposición responsable y el cambio estructural vuelve a quedar para después.

El caso Medanito es una miniatura perfecta de ese mecanismo. Torroba empujó condiciones, negoció mejoras, defendió el acuerdo y acompañó la ley de licitación. Después la licitación fracasó estrepitosamente: ninguna empresa compró el pliego y PCR quedó afuera por fallas ambientales, según El Diario. Recién entonces el mismo sector radical tomó distancia de la nueva salida oficial, rechazó que Pampetrol se hiciera cargo y volvió a refugiarse en el discurso de la transparencia, la técnica y la responsabilidad. Pero para ese momento el daño político ya estaba hecho: habían ayudado a construir un proceso fallido y luego quisieron quedar del lado de los que lo denunciaban.

Esto no vuelve correcta automáticamente la propuesta oficial de poner a Pampetrol al frente de El Medanito. De hecho, incluso medios no oficialistas y voces sindicales o empresariales vienen advirtiendo que el esquema transitorio con Pampetrol no garantiza inversiones claras ni continuidad robusta. Pero el punto para un análisis de socios no es elegir entre Ziliotto y Torroba como si uno fuera la solución y el otro el problema. El punto es entender que Torroba ayuda a reproducir el tipo de oposición que hace posible que el oficialismo siga ordenando los tiempos del juego. Es la oposición que se indigna después de haber cogobernado el error.

Hay un segundo plano todavía más delicado: el energético. Torroba también cuestionó con fuerza la deuda de Refipampa con Pampetrol y pidió “transparencia” por la multimillonaria exposición de la empresa estatal a esa refinería. Allí otra vez aparece su estilo: denunciar el desorden una vez que el problema es público y políticamente costoso. El patrón se repite. No hay construcción de una doctrina alternativa integral para la política hidrocarburífera pampeana; hay administración opositora del escándalo. Eso puede servir para sostener un rol parlamentario decoroso. No alcanza para construir una fuerza capaz de disputar poder real y cambiar de raíz la lógica provincial.

Desde el punto de vista libertario, el riesgo de aliarse con esa fracción radical es bastante claro. Una alianza con el torrobismo no fortalecería a La Libertad Avanza pampeana: la domesticaría. La empujaría hacia un formato de frente moral, republicano, gradualista y apenas reformista, exactamente el terreno donde el radicalismo histórico se siente cómodo y donde el liberalismo suele diluirse. Se perdería la nitidez del mensaje, se aflojaría la crítica al entramado estatal pampeano y se volvería a la vieja ficción de que con “fuerzas democráticas” ordenadas alcanza para desplazar al PJ. La experiencia argentina muestra lo contrario: cuando las fuerzas de cambio entran en frentes liderados culturalmente por el radicalismo moderado, terminan siendo absorbidas por la lógica del compromiso permanente.

Por eso Javier Torroba no es solo un dirigente con posiciones discutibles sobre Medanito. Es parte del problema político más amplio de La Pampa. Representa a un oposicionismo que quiere ser alternativa sin romper del todo con las formas, los tiempos y los reflejos del sistema que dice enfrentar. En lo energético, eso se tradujo en acompañar una licitación fallida y luego descubrir que Pampetrol no estaba en condiciones. En lo electoral, se traduce en la idea de un frente “democrático” que, en nombre de la responsabilidad, correría a cualquier proyecto libertario hacia el centro blando. Para el liberalismo pampeano, la conclusión debería ser simple: se puede conversar con todos, pero no se debe confundir interlocución con alianza estratégica. Y con el torrobismo, esa confusión puede salir carísima.

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