“Queremos que Ortiz se corra”; Kevin Echeveste, referente de Telen.
El video publicado por la cuenta oficial de @cpe_arg no deja lugar a dudas: la presión contra Ortiz crece minuto a minuto. En un compendio de declaraciones que circula como reguero de pólvora en redes sociales, se escucha a referentes políticos, periodistas y ciudadanos expresando un mensaje unificado: “Ortiz tiene que dar un paso al costado”.
El material, breve pero contundente, refleja algo más profundo que un simple reclamo mediático: la legitimidad política de Ortiz está por el suelo. No se trata de una campaña suelta ni de un error de comunicación; es el síntoma visible de un problema de fondo: la desconexión total entre un funcionario y la ciudadanía que debería representar.
Este fenómeno no es nuevo. En Argentina, hemos visto cómo figuras se enquistan en el poder mientras los resultados brillan por su ausencia. Pero el caso de Ortiz se vuelve paradigmático porque ocurre en un momento donde el país eligió un rumbo distinto: el del cambio liberal, el de la eficiencia, el de cortar con los privilegios de la casta.
Desde una mirada liberal, seguir bancando a funcionarios que perdieron la confianza pública no solo es insostenible, es contraproducente. El liberalismo promueve un Estado reducido, sí, pero sobre todo funcional. Y para eso se necesita gente capaz, que rinda cuentas y no viva atornillada a un sillón como si fuera un derecho adquirido.
Ortiz representa la antítesis de esa visión: ineficiencia sostenida por complicidades políticas, permanencia garantizada por contactos, no por méritos. En otras palabras: más de lo mismo que nos trajo hasta acá.
Y entonces la pregunta cae de madura: ¿por qué lo siguen defendiendo? La respuesta está en la lógica corporativa de la vieja política, donde los cargos se reparten entre amigos, no entre competentes. Muchos de los que hoy lo protegen no están pensando en el bien común, sino en preservar sus redes de poder.
Pero esta crisis también es una oportunidad. El mensaje que está bajando desde la sociedad civil es claro: se acabó la paciencia para con la mediocridad. Hoy más que nunca, la ciudadanía exige resultados, no relatos. E insiste en lo que Milei repite desde su campaña: el que no funciona, se va.
Es momento de que los valores liberales –transparencia, eficiencia, responsabilidad– se apliquen sin titubeos. Sostener a Ortiz sería un error que el pueblo no está dispuesto a tolerar. Dejarlo ir, en cambio, sería un paso más hacia la transformación profunda que el país necesita.
Porque no hay cambio real si seguimos atados a los vicios del pasado. Y si algo demostró el video, es que la sociedad está mirando, juzgando y exigiendo.
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