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Javier Milei, durante el anuncio de la reforma al régimen de contrataciones públicas
La Pampa · 3 min

Milei endureció el régimen de licitaciones y excluyó a empresas corruptas

Por Redacción Pampa Liberal

La nueva normativa amplía los criterios de inelegibilidad e incorpora estándares internacionales, como los listados de inhabilitación del Banco Mundial y el BID.

El Gobierno del presidente Javier Milei dio un paso decisivo para cerrar el acceso del Estado a empresas vinculadas a la corrupción. A través de una modificación en el régimen de contrataciones públicas, el Poder Ejecutivo amplió los criterios de inelegibilidad y estableció nuevas barreras para impedir que firmas involucradas en prácticas ilícitas vuelvan a participar en licitaciones de obras, bienes y servicios.

La nueva normativa redefine el marco de control sobre proveedores y contratistas del Estado Nacional. A partir de ahora, quedarán excluidas no solo las empresas asociadas a hechos de corrupción probados, sino también aquellas que presenten conductas fraudulentas, colusorias, coercitivas u obstructivas, categorías que históricamente quedaron en una zona gris del sistema de compras públicas argentino.

Uno de los cambios centrales es la incorporación explícita de estándares internacionales. Los organismos estatales deberán verificar que los oferentes no figuren en los listados de inhabilitación elaborados por entidades como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). De esta manera, la Argentina adopta criterios que ya rigen en sistemas de contratación más exigentes y reduce la discrecionalidad local que durante años facilitó maniobras irregulares.

En los fundamentos del decreto, el Ejecutivo fue explícito: la contratación pública debe desarrollarse bajo principios de integridad, transparencia, eficiencia y rendición de cuentas. La corrupción —señala el texto— no es un daño abstracto: deteriora la confianza en las instituciones, distorsiona incentivos, encarece obras y servicios, y termina afectando de manera directa a los ciudadanos.

La reforma también elimina una limitación clave del régimen anterior. Hasta ahora, la inelegibilidad estaba atada casi exclusivamente a las prácticas de corrupción definidas por la Convención de la OCDE sobre cohecho a funcionarios públicos extranjeros. Con el nuevo esquema, ese corsé desaparece, ampliando el abanico de causales de exclusión y evitando que empresas cuestionadas sigan contratando por tecnicismos o vacíos normativos.

El contexto político no es menor. La decisión llega luego de la condena judicial en la causa Vialidad, que expuso un entramado de adjudicaciones amañadas, adelantos financieros injustificados y obras inconclusas durante los gobiernos kirchneristas. Aquella lógica —la obra pública como botín y herramienta de poder— es precisamente la que el Gobierno busca desactivar con reglas más duras y verificables.

En paralelo, el Ejecutivo recordó que ya se avanzó en la modernización del registro de contratistas, obligando a las empresas a inscribirse en el Sistema de Información de Cocontratantes (SICO), una plataforma que unifica datos, antecedentes y calificaciones. El objetivo es claro: menos discrecionalidad política y más trazabilidad técnica.

Estas medidas se inscriben en un proceso más amplio de reordenamiento del rol del Estado, que incluye privatizaciones, concesiones y una revisión profunda de cómo y con quién contrata el sector público. Para el Gobierno, ordenar las licitaciones no es solo una bandera ética, sino una condición necesaria para romper con un modelo que convirtió al Estado en refugio de empresas amigas del poder.

El mensaje es contundente: el acceso a contratos públicos deja de ser un derecho adquirido por cercanía política y pasa a estar condicionado por estándares objetivos de integridad. En la Argentina de Milei, al menos en el plano normativo, la corrupción empieza a ser un factor de exclusión y no una ventaja competitiva.

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