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Baby Etchecopar en su programa de TV durante la editorial donde admitió operar contra el gobierno de Javier Milei
Nacionales · 5 min

El sincericidio de Baby: operar, resistir y desgastar a Milei

Por Redacción Pampa Liberal

En su editorial, el oscuro conductor confesó que opera para generarle un desgaste político al Gobierno.

Baby Etchecopar dejó una frase que expone algo más profundo que un enojo televisivo: una parte del periodismo ya no se presenta como fiscalizador del poder, sino como actor político permanente frente a un gobierno elegido por el voto.

Baby Etchecopar volvió a quedar en el centro de la polémica después de un editorial en A24 en el que lanzó una frase que resume, mejor que cualquier análisis, la tensión entre el Gobierno de Javier Milei y una parte del sistema mediático argentino. Según publicó La Derecha Diario, el conductor sostuvo que el periodismo “responde” y remató con una idea que dejó todo servido: “lo nuestro es para siempre”, en contraste con los cuatro años de mandato presidencial.

La frase no es menor. No fue una crítica puntual a una medida económica, ni una discusión sobre un dato, ni una objeción institucional. Fue otra cosa: la reivindicación de una permanencia corporativa frente a un gobierno que, guste más o menos, llegó al poder por el voto popular.

Ese es el sincericidio.

Baby no dijo simplemente “vamos a controlar al Gobierno”. Dijo, en los hechos, que ellos permanecen y que el poder político pasa. Esa lógica es vieja, conocida y peligrosa: el periodista deja de ubicarse como observador crítico y empieza a hablar como parte de una estructura que resiste, condiciona y desgasta.

La diferencia es clave. El periodismo tiene todo el derecho —y hasta la obligación— de investigar, preguntar, incomodar y denunciar. Nadie serio debería pedir una prensa obediente. Pero una cosa es fiscalizar al poder y otra muy distinta es admitir una estrategia de erosión política permanente.

Ahí está el problema.

Porque cuando un comunicador dice que “lo van gastando”, la discusión ya no pasa por la libertad de prensa. Pasa por el rol político que asume una parte del periodismo cuando se siente desplazada del centro de poder. Ya no informa: interviene. Ya no pregunta: opera. Ya no controla: intenta disciplinar.

Durante años, buena parte de la prensa argentina se acostumbró a jugar un papel que excede largamente la tarea de informar. No solo comentaba la realidad: administraba reputaciones, ordenaba debates, bajaba línea, elegía enemigos y fabricaba climas. Con Milei, ese dispositivo encontró un límite inesperado: un presidente que no acepta mansamente el sermón mediático y que responde con la misma dureza con la que lo atacan.

Por eso la reacción es tan intensa. No se trata solo de Baby. Se trata de una cultura mediática que se creía intocable. Una cultura donde el periodista podía pegar, condicionar, insinuar, acusar y operar, pero el político debía quedarse callado en nombre de las “buenas formas”.

Milei rompió ese pacto.

Y esa ruptura puso nerviosos a muchos.

El conductor también deslizó que, cuando termine el mandato, quienes hoy están en el poder podrían tener dificultades para desenvolverse en la vida cotidiana, una frase presentada por La Derecha Diario como parte del tono intimidante del editorial.

El punto de fondo no es Baby como personaje. El punto es lo que representa su frase. Una parte del periodismo argentino parece creer que los gobiernos son inquilinos temporales, pero ellos son propietarios permanentes del país. Que los presidentes pasan, pero los micrófonos quedan. Que el voto popular dura cuatro años, pero la corporación mediática se arroga una especie de mandato eterno.

Esa mirada choca de frente con cualquier idea sana de democracia.

Porque en una república, ningún poder debería sentirse eterno. Ni el Ejecutivo, ni el Congreso, ni la Justicia, ni los medios. Mucho menos quienes nunca pasaron por una urna, pero pretenden condicionar a quienes sí fueron elegidos.

La crítica al Gobierno es legítima. Lo que no es legítimo es disfrazar de periodismo una voluntad de desgaste permanente. Si una medida está mal, se la critica. Si un funcionario miente, se lo expone. Si hay corrupción, se investiga. Pero si el objetivo declarado es “gastarlo”, entonces ya no estamos ante control democrático: estamos ante militancia corporativa.

Y ahí Baby se delató.

La escena además llega en un contexto donde Milei viene denunciando a sectores del periodismo por operar políticamente y difundir información falsa o manipulada. La Derecha Diario recordó que el Presidente cuestionó en los últimos días a periodistas a los que acusa de mentir incluso cuando se les presentan datos para corregir sus afirmaciones.

Podrá gustar o no el estilo de Milei. Podrá discutirse si su forma de responder es conveniente, excesiva o estratégicamente útil. Pero lo que no puede hacerse es fingir que del otro lado hay una prensa angelical, neutral, desinteresada y puramente institucional.

No la hay.

Hay periodistas honestos, sí. Hay medios que trabajan con rigor, también. Pero también existe una maquinaria de opinión que no informa desde la distancia, sino que pelea por influencia, pauta, poder y supervivencia política.

Baby, quizás sin querer, puso en palabras esa lógica.

Y por eso su frase importa.

No porque cierre un debate, sino porque lo abre de manera brutal: ¿cuánto de lo que se presenta como periodismo crítico es realmente fiscalización, y cuánto es resistencia de una corporación que perdió privilegios, acceso y capacidad de mando?

El Gobierno de Milei tiene errores, tensiones y decisiones discutibles, como cualquier gobierno. Pero enfrente no tiene solo opositores partidarios. También tiene un sector mediático que ya no oculta su incomodidad ante un poder político que no le rinde pleitesía.

El sincericidio de Baby fue ese: decir en voz alta que algunos no quieren simplemente informar sobre Milei. Quieren resistirlo, desgastarlo y esperar que pase.

La pregunta, entonces, no es si el periodismo puede criticar al Presidente. Por supuesto que puede.

La pregunta es otra:
¿puede seguir llamándose periodismo cuando el objetivo deja de ser contar la verdad y pasa a ser gastar a un gobierno elegido por la gente?

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